sábado, 8 de enero de 2011

El Ilusionista de las emociones


L`Illusionist nos muestra que la pasión de una profesión tiende a la necesidad de convertirse una forma de vida. Nuestra propia elección. Actualmente, se da un caso particular en las personas, la mayoría se ve obligada a trabajar para sobrevivir, a la ante sala que vivir implica cierto goce en todo aspecto de la vida. Muy pocas encuentran en su trabajo una pasión, que no sea monetaria. Si usted hizo de su oficio un entretenimiento constante considérese un afortunado y disfrute. De lo contrario, le recomiendo, siga buscándolo. Esa es una buena definición de éxito. Igualmente no confunda entretenimiento con pasión, hay una gran diferencia.
Como se da cuenta uno que llego a ese punto?
Supongamos esta situación, usted va por la calle, y repentinamente siente que todos los aire acondicionado del cono urbano lo salivan constantemente, aunque con el andar se da cuenta que esto es mas intenso y no es una burla de la tecnología hacia usted. Nunca pensó que este invento es un fiel reflejo de la humanidad hoy por hoy? Aclimato a mi servidor y no me preocupo y contamino al resto. Volviendo, si usted disfruta de cada una de las gotas que bajan en paracaídas sobre su cuerpo eligiéndole como destino, ahí esta en presencia de algo símil a la felicidad.


Concluyendo, en oportunidades podemos puede ilusionar al publico en el escenario, pero también podemos enmascarar un mundo gris por uno de colores para nuestros vecinos, con el fin de izar las comisuras de su boca, algo como hace Roberto Begnini en la vida es Bella. La ilusión y la imaginacion de la mano son bellas. Lo bello es bueno, y lo bueno con el tiempo es bello.

Una ultima cosa a destacar de esta obra es como se puede contar algo sin la necesidad de la palabra a la que hoy apelo en este medio.

viernes, 7 de enero de 2011

El Hueco ( de Paula Cestac)

Aca les dejo uno de los ultimos trabajos literarios que escribio una amiga. Se llama "el Hueco". y como dice el titulo, le hacemos un hueco en este espacio.


El Hueco 


Había una sola cosa porqué pelear: el hueco.

El tiempo había transcurrido de una manera errática y los sucesos, como el tiempo, se habían sucedido de la misma manera. No había héroes, heroínas ni expectativas. No era así la cosa. Cada parte había tomado sencillamente su mitad y había huido hacia el lugar que le parecía el mejor: un poco para salvaguardar lo que quedaba de la integridad, un poco por orgullo, un poco por angustia y un poco porque sí. Como cualquiera que huye se sabe perdido, acá el mero de hecho de perderse implicaba reencontrarse.

Escuché muchas veces la historia del que se escapa para buscar al ser amado o querido o, diría yo, idealizado. Mil veces más escuche que uno en realidad escapa para no encontrarse con uno mismo. Porque el ser amado, no es más que egoístamente uno mismo. Los demás son pura reflexión de lo que nosotros somos para con nosotros mismos.

Allá fueron, decía, cada uno por su lado. Cada cual a vivir su única historia: la mejor pensaron dos que pensaban que ya no se amaban. Dos que creían que las cosas se terminan sin decir mucho, dos que de decir tanto sonsamente solo decían idioteces. Dos que JAMÁS habían sabido ser dos. Que SIEMPRE habían sido uno. Dos que a pesar de haberse visto como dos ahora semejaban ser tres. En el espejo de la arrogancia y de la falta de sentido común las parejas (desparejas) siempre parecen ser tres. Pero la humanidad entera sabe a la perfección que tres es SIEMPRE multitud y que, como tal, exige que se devuelva, que se vuelva al número par.

Así la cosa planteada: cada uno por su lado. Obviamente el lado que cada uno elige no siempre es el más cómodo. Incluso se puede afirmar que la comodidad como un hecho certero es inexistente. Como la felicidad, palabra que se trata de definir desde la antigüedad y que no ha tenido ni aceptación real ni criterio ni mucho menos constancia. ¿Entonces quién es el que se dice feliz? UN MENTIROSO.

En fin. Decía que cada cual había acomodado su valija en su espacio. Sin embargo, por más lejos que quisieran llegar la idea de la pertenencia siempre volvía, como algo real, vívido, constante, asiduo, intermitente, latente. Así que así era la cosa. Uno corría para un lado, el otro para el otro, sin embargo, lo único que sentían internamente, intrínsecamente era la tediosa idea de volver, de estar, de querer ser en ese lugar feliz al que por más que se sabe que no se puede volver, se quiere volver.

Otros tiempos pasaron, otras experiencias, otros sucesos. Y hubo desacomodos y vueltas atrás y mudanzas y rearmado y desarmado de valijas. Cambios de piel y de sábanas y olvidos voluntarios y no tanto y entremeces. Familias y desencantos. Angustias y felicidades, saludos y falta de ellos. Silencios y muchas, muchísimas palabras, tantas como para desacomodar a cualquiera. Presentaciones y ocultamientos, atenciones y descréditos.

El tiempo irremediablemente pasa, o simplemente pasan las mentes pensando que el tiempo irremediablemente pasa. La verdad es que en medio de tanto tiempo a uno le parece que el descontento y la tristeza o por qué no la angustia, es lo único que queda detenido, anclado en el tiempo. Un estado que encuentra, pareciera, la suficiencia cardíaca de enterrarse en el medio del pecho y a quien en absoluto le importa el tiempo. Y trasciende. Se expande y no remedia ni medio.
Esa mañana le dolió una muela. Le encantaba el dolor de muelas. Miró el reloj y se levantó. Le sonrió al espejo porque era el único fiel compañero en la casa que ahora era suya. Iba a extrañar la mesa con rueditas, pero no le dio demasiada importancia. Llamó a su odontólogo personal y se dispuso camino a la consulta.

El invierno arrasaba con una furia masiva así que se subió al auto y se fue. Le encantaba esta época del año. Pasó por todos los lugares comunes y por cada uno en vez de dejar caer una lágrima le sonrió a su muela haciendo como una especie de ahínco. Paró en la blanquería y compró un pijama nuevo, era por si acaso le sacaban la muela. Esta vez prefirió pijama, los camisones eran de la época pasada. Le quedaba perfecto, estaba más contenta que nunca, que antes, que siempre. Recordó el título de un libro: “El poder del ahora”. Ahora era simplemente ahora. Igual que la felicidad, o como yo lo llamo: los destellos de felicidad. En ese preciso momento era feliz, no importaba más nada: ni la memoria, ni las proyecciones, ni el resto. Ahora era ahora.

Continuó camino, llegó, habló, se sacó la muela y volvió. Tenía la boca dormida así que el viaje de vuelta lo hizo tocándose el labio inferior todo el tiempo. Pensaba que (otra vez, pero por otro motivo que ahora no era la otra persona, se estaba babeando) sonrió con la estupidez de su pensamiento y continuó viaje.

Llegó y se recostó. Volvió a extrañar. Volvió a sonreir, se tocó nuevamente el labio, volvió a recordar el título del libro, hizo una mueca más y se durmió. Siempre cerca del hueco. Dejó caer la mano en el umbral del agujero por si algo pasaba. Acarició el aire frío hasta que el sueño le ganó. Se despertó sobresaltada. La mano habíase quedado esperando y del frío estaba morada. Cuando la vio se puso a llorar de una manera constante y metódica. Se tocó la cara para ratificar el otro agujero: el de la falta de muela. Volvió a llorar con más fuerza y sólo se calmó al ver su nuevo pijama. Se tapó el cuerpo, pero dejó destapado el hueco.

La otra mitad había conseguido otra otra mitad. Era simple: necesitaba tapar su propio hueco. Tengo entendido que el vacío existencial es algo medio complejo y completamente subjetivo a cada sujeto así que a simple vista él daba toda la impresión de que estaba mejor que nunca; sin embargo, cuando el frío arremetía y las noches se hacían muy largas su triste corazón perdido en los latidos del supuesto nuevo amor, aullaba y rogaba por ella.

También solía merodear lugares comunes con el pensamiento, con la palabra y con las obras y la buscaba. Quería someter ese sentimiento, lo quería desarraigar de su ser, de su corazón y de su accionar, pero no podía con él, contra él. Con cada intento de frenarlo lo sentía como un choque, una colisión, un detonar. Dejó a la última mitad, dejó cualquier otra mitad que se le acercara porque no eran mitades para él, no lo completaban como aquella que cuando estaba cerca lo hacían sentir único, el mejor, el más cuidado, el más lindo, el íntegro. Se dispuso a volver: simple: NECESITABA A SU MITAD.

Cada vez que sonreía recordaba dos cosas: que le faltaba una muela y que las sonrisas pertenecen al presente: “El poder del ahora”: decía esas palabras y las trataba de sentir como propias. Hacía unos días que se había empezado a sentir de otra manera, después de tanto tiempo había llegado una primavera que le agradaba, así que salió a su pequeño patio a disfrutar del aire del renacimiento. Cuando volvió a entrar vio el hueco, lo miró como por última vez, le sonrió y decidió que era una buena época para recomenzar así que fue por un aplique que le permitiera sellarlo. Mientras trabajaba en eso se preguntó si lo había dejado tanto tiempo abierto con la esperanza de que vuelva, de que el tiempo vaya para atrás o si era el portal por donde escapar a lo ya vivido. Nuevamente se sonrió por su pensamiento mientras iba llevando adelante la tarea.

Se dio vuelta por unas herramientas que le faltaban. Cuando volvió a la labor un destello de luz que venía del otro extremo la cegó obnubilándole la vista por completo: entre el susto y la parálisis del hecho no pudo pronunciar palabra alguna. Estática e inerte no pudo seguir trabajando porque entre lágrimas de amor, de esperanza, de placer y de felicidad sintió cómo la otra mano la sostenía desde el otro lado del hueco.

“El poder de creer en el ahora”

Ahora que sé que te amé, vuelvo porque sé que te amo.

Paula M. Cestac Fort

Blancas negras y redondas de un viaje

Buenos Vientos

Brotes de alquitran en tu atmosfera
calman tus rascacielos
si un dia se seca el rio
el llanto lo llena de nuevo


Fusion de ideas y deseos
entretienen mis velos
en un antesala de estrellas
un nuevo sol pone fin al cuento

Vapores ingravidos e insinuosos
le dan intriga al cielo
siempre que quiero palparte
me gana de mano el viento.


Fin inperceptible a los ojos
invitado por un sueño
un cauteloso andar me lleva
a aventuras de las que soy dueño


Condicionado en sus distancias mensurables
Parece ser esclavo de su destino
pero asomandose al vertigo
elige en tiempo un espacio repentino

Me atraviesa sigiloso e intrepido
Invisible, aprovecha y me envuelve
silencioso y estrepito
viene, se va y vuelve.