Clementino abrió los ojos, primero uno y luego despegó el segundo. Estaba echado en el suelo y respiraba de manera pausada. Una vez abierto los ojos reconoció el lugar después de mirarlo y mirarlo por un corto rato. Se tocó el pecho y, así como reconoció el lugar, reconoció su pecho y lo que había en él. Volvió a cerrar los ojos.
Se había criado en el campo. Una familia harto humilde que contaba con un progenitor borracho y una madre, que a duras penas, si había alcanzado a criar a ocho de los diez hermanos que habían nacido en esa especie de cautiverio-vida. Él era el tercero. Primero vinieron dos nenas. La más joven dejó la casa a la escasa edad de siete meses atacada por una especie rara de enfermedad infectocontagiosa que tenía un alto rango de inicio: iba desde los perros, pasando por el guano de los pájaros, el excremento humano a menos de dos metros de la casa, la basura propia de la vivienda o los millones y millones de microbios y bacterias de la vida misma de cualquier ser humano. Por esos mismos lares pululaba Clementino desde la edad de nueve meses hasta los catorce años momento en que dejó el purgatorio para infiltrarse en la gran ciudad que él (ingenuo hombre de campo) creía, era el cielo.
Un nombre tan raro como el suyo sólo podía deberse a una situación también muy rara. Al saberse embarazada su madre corrió hacia la choza que oficiaba de capilla; a rogarle, a pedirle, a implorarle a la imagen del Dios que le quitara ese hijo, que ya no soportaba ser tocada por su marido, que no creía más en lo de “un hijo es una bendición” tampoco en el dicho que dice que los niños vienen con un pan bajo el brazo. Jamás habían tenido esa suerte. Con cada nacimiento era el mismo pan, pero más bocas para que sea repartido. Dios obviamente no la escuchó, eso creía ella. Si Ése no escucha entonces hay que gritar más fuerte se dijo: salió fuera de la capilla y lloró aferrada a la tierra, prosternada y como se sentía: sucia y sin nada. Desdichada por la dicha de volver a ser madre otra vez exhortó a todos los santos por clemencia, pero nada. Llegó a pensar que había sido mala, muy mala. Que se merecía ese castigo, a ese hombre y a este Clementino que llevaba en el vientre.
Durante los nueve meses de embarazo comió miedos, angustias, y mucho odio. Bajo este régimen cotidiano dio de comer al bebé, a Clementino, lo mismo. Cuando el bebé nació (un niño altamente fuerte y muy vivo) la partera se horrorizó del estado en que había dejado a la madre. Casi desangrada y con un suspiro de vida, la mujer se lo acercó al pecho y al instante mismo en que le dio de mamar rejuveneció unos cuantos años. La partera no creía en los milagros, pero al ver esta situación quedó estupefacta y horrorizada por la escena que le tocaba vivenciar. No dijo nada, era una mujer muy lúgubre y reservada. Caminaba ensimismada y lo más extraño del mundo era que no podía tener hijos. Nuca tuvo. Ni uno.
Cuando el padre vio al niño, casi fue una presentación formal entre caballeros. El bebé era bastante grande así que a penas lo miró tuvo que fijar la vista en la imagen de madre e hijo ya que no podía creer lo que su pobre cerebro quemado por el alcohol, le devolvía. Automáticamente pensó que con un hijo así se salvarían para toda la cosecha. Lo creía capaz de mantenerlos a todos con la fuerza y el esfuerzo de su trabajo. También creyó que para educarlo en las labores del campo debía tratarlo como lo hacía con sus animales: palo y a la bolsa. Catorce años le duró el sueño.
Una mañana fría de julio luego del desayuno acompañó a Clementino a comenzar la tarea diaria y como lo trataba diariamente luego de haber tomado más coraje con el alcohol le dio el primer latigazo. Clementino lo soportó como de costumbre, pero algo se quebró con el segundo y desencadenó con el tercero lo que fue un episodio de Ello puro, de instinto puro: lo trataba como a sus animales. Él respondió como un animal.
Giró sobre sus propios pies y miró a su padre, que en ese preciso momento ya no reconocía, soltó el machete que blandía en su mano derecha. El viejo creyó que era un síntoma de debilidad. Se sonrió y luego largó una carcajada abriendo grande la boca y cerrando los ojos. El ya no tan niño tomó carrera, se lanzó también con la boca abierta y los ojos cerrados sobre el cuello del otro. En un increíble segundo le arrancó de un tirón un pedazo de piel y con la piel la yugular y con la yugular en menos de veinte minutos el noventa por ciento de la sangre. Se quedó a su lado viéndolo morir, viéndolo retorcerse como un pez que se lo saca de la pecera y se lo pone en el piso hasta que la falta de líquido le da la calma eterna. No lloró ni mucho menos. Se secó la sangre de los labios con el puño de la camisa y fue a la casa. Le dio en mano el machete a la mamá. Con sólo catorce años Clementino había logrado más que su propia madre en treinta años de casamiento. Envolvieron toda su poca ropa en una tela, se dieron un beso y un abrazo y él se fue. Nunca más volvió ni supo nada del resto de su familia. Lo despidieron como si fuera el mismísimo Dios. Nunca se preguntó nada sobre lo hecho. Simplemente lo borró de su memoria.
Adoraba su pelo. Lo había dejado crecer como cumpliendo una promesa desde que se había ido del campo. Se hacía una colita bien prolija y listo, a la calle a buscarse la vida. Ya llevaba varios años trabajando en una pequeña verdulería de unos consagrados bolivianos que lo dejaban elegir, pesar y vender lo que había en el negocio. No así cobrar ya que la matemática (sumar, restar o multiplicar) no era su fuerte para nada. Entonces simplemente le dictaba a su jefe a los gritos lo que cada cliente llevaba. Ese era todo el diálogo que mantuvo con otro ser humano quizás desde hacía diez años, momento en el que se había mudado a la city porteña. Una vez que los asalariantes bolivianos decidieron mudar el negocio hacia otro lado despidieron a Clementino con un sucio apretón de manos y un “hasta luego” que él respondió inclinando la cabeza. Vístose en apuros por la falta de efectivo para pagar el alquiler de su habitación, concilió dedicarse a la carne. Arrancó como empleado de un líder distribuidor de dicho producto. Clementino con su ancha espalda podía fácilmente bajar las medias reces que aparcaban en cada local de venta, igualmente debía siempre utilizar un pequeño banquito ya que su escasa estatura (mantenía la misma estatura que tenía al salir del campo) no le permitía agarrar bien al cadáver de la vaca y varias veces lo tuvo que acarrear del piso con la ayuda de varios compatriotas luego de que por un mal tiro desde el que se la lanzaba del acoplado del camión, lo takleara y fueran a parar ambos al suelo cual enamorados en Palermo un 21 de septiembre.
Con la espina dorsal hecha casi un nudo y luego de dos años de cadáver de vaca, banquito y viajes, lo contrataron en un pequeño frigorífico. Volvió a sus inicios: cuchillo en mano y cortes.
Trabajaba de sol a sol. No dialogaba con casi nadie, no se relacionaba con nadie, no salía con nadie, no tomaba con nadie. Estaba solo. Vivía solo y cortaba solo. A duras penas inclinaba su cabeza para contestar alguna pregunta de su compañero Alberto o del “Enano”.
Le encantaba su trabajo. Ahora ni siquiera tenía que repetir lo que los clientes llevaban. Él sólo hacía lo que había aprendido a hacer: blandir el cuchillo, cortar y masticar carne.
Luego de un tiempo de excelso trabajo y de exceso de silencio manejaba los distintos tamaños de cuchillos como si fueran una extensión de sus propias manos. Podía cortar a ojos cerrados y conseguir el corte que se le pidiera.
La primera vez que lo vio, Vitorio iba a comprar a ese negocio por tercera vez. No le apetecía demasiado ir a él en persona a comprar los suministros para el resto de los animales de su circo justamente porque era SU CIRCO. Ahí debía mandar él y el resto, pensaba con su cabeza de autoritario quasi franquista mandamás italiano, debía cumplir con su tarea. Sin embargo, justo ese mismísimo día Santino, el sobrino, debía realizar una tarea importantísima. Con lo cual no le quedó más remedio que ir él mismo.
Clementino habitaba el fondo izquierdo del recinto. Cuchillo en mano, delantal rosado (eran pasadas las 9 y venía cortando desde las 6hs: todos los días arrancaba la jornada con un delantal blanco tiza que doña Carmen se encargaba de lavar a mano y blanquear con jabón en pan al sol y que para el medio día ya lucía como la casa rosada de tanto carmín de la sangre), cofia verde agua y la colita en el pelo como siempre.
Fue amor a primera vista: le habló, le pidió, le rogó, se arrodilló y se arrastró hasta que don Vitorio obtuvo el sí de Clementino. A este último la idea de trabajar en un circo como tirador de cuchillos a una dama atada a una rueda que gira no le pareció ni parecido al trabajo ”hermoso” que hacía a diario con los cadáveres de las vacas. Primeramente porque la vaca ya estaba muerta y en segunda instancia porque el que las movía a gusto era él. Dijo que sí, que estaba bien y volvió a afirmar con una caída de cabeza cuando le dijeron lo que iba a cobrar (si todo salía bien, si aprendía el oficio y si, como era de esperar, la chica no moría en la función), por los lugares a donde iban a viajar en caravanas y al saber que tenía resguardado el techo y la comida.
La vida en el circo era para Clementino como un constante y sonante desparramo de glamour: brillos, colores, plumas lentejuelas, flora y fauna a granel. Le hicieron un traje a medida de color lila. No le gustaba para nada, pero según don Vitorio le sentaba de maravilla. Jamás se dejó tocar el pelo: como siempre ante cada nueva función se peinaba solo. Se hacía una colita y a ganarse la vida, pero ahora a la cabeza de este chaparrito lleno de felicidad en las pupilas cada vez que lo anunciaba don Vitorio en la arena del centro de la carpa, se le sumaba una pretenciosa galera color azul Francia.
Gladis se ataba sola. Jamás imaginó que “El Clemen”, como le decían cariñosamente todos los compañeros del potpurrí circense, se hubiera despedido como lo hizo de su territorio natal. No sabía y le caía bien. Lo miraba ser cariñoso con los animales y a lo lejos pensaba que si era una buena persona con las mascotas, sería un excelente compañero de cama y de aventuras. No le dijo a nadie, no habló con nadie sobre como se sentía. Miraba y callaba. Gladis era bella. Una rubia de rasgos tiernos, manos cuidadas, ágil, risueña y silenciosa. Al Clemen le encantaba. La soñaba cerca, la vislumbraba como una diosa. Cuando se ponía su trajecito de color verde manzana y salía a la arena con él le parecía que el tiempo se detenía, que ya no podía haber nada más perfecto, que la perfección misma era verla y no le importaba tirarle los cuchillos porque sabía que estaban conectados como por un hilo, una constante de amor. Nada le podía pasar. Nada de nada. Él desde su silencio, desde su accionar, desde su tarea aprendida y sabida y estudiada y memorizada lo único que podía hacer era amarla aunque le tuviera que tirar cuchillos.
Esa noche la miró como hacía siempre, con sus ojos llenos de amor, de glamour, de fantasía y como de costumbre no le importó su falta de altura. La pequeña Gladis, como le decían sus compinches, seguía siendo para él una liliputiense hermosa. Ella se ató como de costumbre mientras se reverenciaba ante el público que miraba entre risas y comentarios. No le importó porque se sintió protegida por los ojos brillantes de él. Hinchó el pecho al tomar aire y terminó de amarrarse. Acto seguido fue presentado él que salió a la arena con la colita, el traje, la galera, los ojos, los cuchillos y los brazos que parecían en alto, pero que al chaparrito no se le notaban.
La rueda comenzó a girar, los cuchillos a volar y de pronto como quien aplasta un tomate ya maduro un manchón rojo se desparramó en la arena. Y hubo gritos de horror y corridas y sirenas de ambulancia y silencio. Un silencio tétrico, panicoso, inacabable, perturbable. Algo había salido mal. Clementino no reaccionaba, él que manejaba los cuchillos como dedos, las espadas como samurai, las distancias como pestañazos, los silencios mejor que palabras, había lastimado, había herido de muerte a ella, a la liliputiense, a la más bella. No entendía, no conectaba, no pensaba.
Intuyó que llorar era inherente al género femenino porque la vio a ella como cabeza para abajo dejaba rodar una lágrima. No pronunció palabra como era su costumbre. Tampoco lloró, pero la angustia fue tal, la tristeza fue tal que agarró lo que tenía más a mano y decidió tomar el camino que mejor conocía: el del horror, porque el del amor no lo conocía ni parecía dispuesto a conocer, menos sin ella y renunció. Se dejó ganar porque nada ya le importaba, justamente porque había descubierto por fin que algo (alguien) al fin sí le importaba y no la quiso dejar ir sola.
Arriba del ombligo y con fuerza para adentro y ascendiendo. Así fue el corte y cayó. Se sintió no poder respirar más y cayó. Primero de rodillas, luego de espalda.
Los cortes eran su especialidad.
Paula Cestac Fort
